Miércoles 3 de octubre de 2007, por Administrador
René Naba
El desarrollo de las transmisiones por satélite, la multiplicidad que surge de las cadenas transfronterizas y otros canales de difusión como Internet, correo electrónico, blogs y también el fax o el teléfono móvil, llevaron a los sociólogos y analistas políticos a celebrar la llegada de una “sociedad de la información” como la marca característica del siglo XXI, el fracaso del totalitarismo y el fin de la democracia neoliberal.
No obstante, el aumento del control de los vectores de información por parte de los grandes conglomerados industriales, la importancia que han adquirido las estrategias de comunicación en detrimento de la información propiamente dicha, la endogamia creciente entre los medios de comunicación y la política, así como la interactividad entre los protagonistas de estos sectores, tienden a relativizar ese inicial brote de entusiasmo.
Hasta el punto de que hoy en día se cuestiona la viabilidad de un debate democrático en una sociedad donde los principales vectores de información están dominados por los poderes del dinero y la promoción de intereses privados.
En un contexto de este tipo, la lengua, medio de comunicación e intercambio por excelencia, se convierte en tal o cual marca de identidad cultural según la terminología o el acento utilizados por el locutor.
El hundimiento de la ideología de dimensión humanista, útil contrapeso de la hegemonía del capitalismo, aceleró esta evolución perniciosa. Despojado de sus valores genuinos, el lenguaje aparece ahora como un temible instrumento discriminatorio, como una especie de ungüento mágico al que se recurre para dominar y excluir.