Miércoles 26 de septiembre de 2007, por Administrador
Alfonso S. Palomares
Sería bueno conocer con exactitud los beneficios de los banqueros y las pérdidas soportadas por los acreedores finales. Naturalmente, esto no se sabrá. Se hablará sólo de transparencia para no hablar de justicia.
Sin embargo, debería quedar como lección de esta crisis el hecho real de que las finanzas mundiales dependen cada día más de la solvencia de los más pobres. Y que incluso los especuladores más egoístas deben tener en cuenta que, para sostener el crecimiento y sus beneficios, es necesario elevar las tasas de renta de los más pobres: de lo contrario se termina la fiesta. Y esto debe asumirse como un imperativo en los tiempos de mundialización, capitalismo digital y turbocapitalismo en que vivimos.
Pero vayamos a las vertientes emocionales de la economía y sus efectos sobre los actores económicos. En los escenarios de la economía de mercado todos somos actores. De diversa importancia, por supuesto: unos son primeros actores y otros más secundarios.
Pero todos formamos parte del reparto, porque de alguna manera somos consumidores. En la medida en que lo emocional es la agitación del ánimo, las agitaciones también son plurales y pueden ser particularmente tensas a la hora de relacionarnos con el dinero y las restantes anatomías económicas.