Lorca, en la muerte de una actriz

 

Ramón Ruiz Alonso fue en realidad un mediocre dirigente de la CEDA que se distinguía principalmente por su declarado odio a los socialistas

 

Fernando Ruiz Cerrato

 

Con el irregular agosto se fue Emma Penella, cuya consideración como actriz pasó a ocupar últimamente rango popular gracias a su papel en la teleserie “Aquí no hay quien viva”; aunque su trayectoria profesional estuviera nutrida de reconocidas interpretaciones tanto en cine como, más tarde, en teatro. Valgan referencias cinematográficas como “Cómicos” (Juan Antonio Bardem), “El verdugo” (Luis García Berlanga), “La regenta” (Gonzalo Suárez) o “La estanquera de Vallecas” (Eloy de la Iglesia) para señalar las capacidades interpretativas que atesoraba.

 

Hermana de las también actrices Terele Pávez y Elisa Montes, y todas ellas nietas del compositor Manuel Penella, autor de la ópera “El gato montés” que popularizara mundialmente un pasodoble del mismo nombre, la desaparecida actriz (llamada realmente Manuela Ruiz Penella) cambió su nombre adoptando el apellido del abuelo músico, como también lo hicieran sus hermanas: Terele Pávez (María Teresa Ruiz Penella), que se adjudicó el apellido de su abuela materna) y Elisa Montes (Elisa Ruiz Penella), que tomó para ello parte del nombre de la ópera de su abuelo.

 

Supuestamente, las razones por las que modificaran su nombre las tres actrices, más allá de las exigencias comerciales, fueran también las de suprimir su primer apellido, Ruiz, que corresponde naturalmente a su padre. Apellido del que probablemente se quisieran desvincular no sólo por razones artísticas y en evitación de coincidencias profesionales sino, probablemente también, por eludir los inconvenientes de verse vinculadas a través del primer apellido a un individuo, Ramón Ruiz Alonso, que ha pasado tristemente a la historia de España por haber sido el delator del insigne poeta Federico García Lorca; y, por tanto, responsable directo de uno de los crímenes más abyectos ocurridos en la Guerra Civil.

 

Tipógrafo y linotipista en el periódico Ideal, de Granada (editado por La Editorial Católica, propietaria a su vez del ultraconservador El Debate y, más tarde, del diario Ya, entre otros rotativos), Ramón Ruiz Alonso fue en realidad un mediocre dirigente de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) que se distinguía principalmente por su declarado odio a los socialistas. Lo que puso de manifiesto con una violencia extrema siempre que la ocasión se le presentaba.

 

Con el remoquete de “obrero amaestrado” de la coalición de derechas que lideraba Gil Robles, el nombre de Ramón Ruiz Alonso queda marcado en la historia por ser el claro instigador de la detención y posterior muerte de Lorca, asesinado vilmente junto a otros tres hombres más: el maestro de escuela Dióscoro Galindo y los banderilleros Francisco Galadí y Joaquín Arcollas. Éstos por pertenecer a la CNT y aquél simple y llanamente por ser maestro.

 

Reducida su trayectoria política a su condición de diputado por la provincia de Granada en las elecciones de 1933, Ruiz Alonso se significa durante el Bienio Negro por su acendrada fanfarronería y su agresividad reaccionaria. Comportamiento que aumenta de manera considerable al perder su escaño en las siguientes elecciones de 1936, momento a partir del cual se dedica a conspirar activamente contra la República.

 

Al tanto de los acontecimientos que habrían de desarrollarse, el político ultraderechista acudió a Granada una vez producido el golpe de Estado fascista, expresamente para fomentar la violencia que otros como él habían venido germinando.

 

Para vengarse de la izquierda a la que tanto odiaba no pudo elegir mejor icono, Lorca, el poeta de la “cabeza gorda”. Términos utilizados por el que posiblemente fuera uno de sus asesinos, el falangista Juan Luis Trescastro, compañero de correrías de Ruiz Alonso, quien en la mañana que siguió al infame crimen se jactara públicamente en un bar diciendo en alta voz: “Acabamos de matar a Federico García Lorca. Yo le metí dos tiros en el culo por maricón”.

 

De nada le sirvió al poeta y dramaturgo refugiarse en casa del también poeta falangista y amigo Luis Rosales. Allí acudió Ramón Ruiz Alonso para conducirle a presencia del gobernador civil, quien le mandó ejecutar obedeciendo las órdenes del extravagante y genocida general Queipo de Llano. “Dadle café, mucho café”, determinó telefónicamente el general.

 

En algún lugar del barranco de Víznar, la Luna platea los restos del poeta de Fuente Vaqueros. La Luna, ese símbolo que tantas veces Lorca relacionó con la muerte, sigue presidiendo el transitar de hombres y mujeres. Y el poeta, allá, al abrigo de su tierra granadina, deseará que el satélite blanco sólo sea testigo de los arrullos de los enamorados.

 

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