Sucede alrededor
El escenario descrito no es producto de imaginaciones tan resueltas
como la de Isaac Asimos, sino la de un presente ciertamente preocupante
Fernando Ruiz Cerrato
Los osos no hibernan, las golondrinas adelantan su llegada, las cigüeñas permanecen en los campanarios de los pueblos sin migrar, los almendros florecen en enero, la primavera se adelanta dos semanas en España, miles de árboles de hoja caduca mantienen su follaje verde en pleno invierno, el norte de la península Ibérica (de cuencas plenas y embalses a rebosar) tiene el peor episodio de carencia hídrica de los últimos diecisiete años, las últimas estaciones de otoño e invierno son las más benignas que se recuerdan.
Según los expertos, España vivió en 2006 el año más caluroso del que se tiene noticia (los cuatro años más cálidos señalados en nuestro país desde que hay registros han tenido lugar desde 1995), la subida de las temperaturas amenaza con devastar zonas turísticas del Mediterráneo, las playas de nuestro litoral retrocederán quince metros por la subida del nivel del mar (un informe de Medio Ambiente recomienda alejar las casas de la costa).
La brusca subida de las temperaturas del agua causó el pasado verano una invasión de medusas en el Mediterráneo, en dos semanas del mes de julio el agua del mar en algunos puntos de las costas aumentó ocho grados... Y así podríamos extendernos a lo largo de varias líneas más, haciendo notar importantes modificaciones climatológicas que nos atañen directamente. Algo más que síntomas de un cambio climático que globalmente afecta a la totalidad de la Tierra y de manera muy concreta a España.
El escenario descrito no es producto de imaginaciones tan
resueltas como las de Philip K. Dick,
Isaac Asimov o Arthur C. Clarke, sino
el de un presente ciertamente preocupante sobre el que se pronuncian cada vez
más voces autorizadas. Sin ir más lejos, el ex vicepresidente demócrata de
Estados Unidos Al Gore protagoniza el
documental titulado “Una verdad incómoda”, dirigido por Davis
Guggenheim, en el que a través de sus cien minutos de duración se previene sobre
el calentamiento global.
Según se desprende de este y otros documentales, o por lo que puede manifestarse en las cada vez más difundidas publicaciones científicas, apenas quedan diez años para evitar una catástrofe de grandes proporciones que podría hacer entrar el clima del planeta en una espiral destructiva; con temperaturas extremas, inundaciones, sequías, epidemias y oleadas de calor hasta ahora desconocidas.
Si nadie actúa para corregirlo, la temperatura media de la Tierra subirá entre 1,9 y 4,6 grados centígrados a lo largo de este siglo; lo que sin duda producirá un aumento en el deshielo del Ártico de efectos devastadores en todo el planeta. La asiduidad en distintas cadenas de televisión de imágenes en las que se aprecia cómo se desprenden grandes masas de hielo de las plataformas árticas (que pierden un 7,4% de su superficie helada por decenio, o lo que es igual a 60.421 kilómetros cuadrados) debería bastar para que muy pocos dudaran de un proceso progresivo de profundos cambios en el clima.
Como debería ser suficiente para convencer a los más escépticos la estampa insólita de estaciones de esquí alpinas sin nieve en pleno invierno; o las inundaciones producidas en Europa central en la primavera pasada, alcanzando el Danubio su nivel más alto en cien años e inundando extensas zonas de Bulgaria, Hungría, Rumanía y Serbia.
El Ganges, el río sagrado de la India, ha cambiado de color: sus aguas azul turquesa procedentes de las fuentes del Himalaya han pasado a convertirse en un elemento líquido de tonos marrones, como consecuencia de las inmundicias humanas y vertidos industriales que permanentemente van a parar a su cauce. Los setenta millones de fieles que cada seis años se bañan en sus aguas para purificar su espíritu no tienen esta vez tan claro lo efectivo de tal purgación.
Por desgracia no sólo es el Ganges. La contaminación afecta a multitud de cuencas, a numerosos mares y a los propios océanos, en los que el 25% de las especies marinas explotadas comercialmente viven al límite de la supervivencia o se encuentran literalmente agotadas por la sobreexplotación pesquera. El atún rojo, la anchoa y el bacalao simbolizan en la actualidad este imparable saqueo.
Todo lo descrito es sólo parte de las consecuencias de la desidia medioambiental, factor intrínseco de un desarrollismo desquiciado que producirá en un futuro próximo millones de desplazamientos humanos por razones ecológicas y un descenso de un 20% en la economía mundial.
Las escenas apocalípticas que muestra el filme de Roland Emmerich “El día de mañana” son un ejemplo de efectos especiales espectaculares. Confiemos en que la realidad no supere a la ficción. Y en que los países más poderosos eviten una catástrofe climática planetaria.