La izquierda y
los movimientos sociales
Para adherirse a lo
expresado en este artículo
Se logrará un avance social y político para
toda la izquierda si aprendemos una lección importante: que hay que escuchar.
Escuchar, sobre todo, lo que nos llega de los movimientos sociales. Y al mismo
tiempo dialogar con ellos con un lenguaje claro y unívoco, de igual a igual.
Porque un socialismo que escucha puede llegar a ser de nuevo una fuerza
imparable
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José Luis Úriz Iglesias (PSN-PSOE), Miguel Ángel Múgica (Euskadi, Democracia Cívica), Antonio Marín Segovia (País Valenciano, DC), María Ruiz Jiménez (Castilla y León, DC), Antonio L. Ros Soler (Madrid, DC), Juan Carlos Palavecino (Catalunya), Antonio Sierra Zamorano (PSM-PSOE y DC), Olivier Herrera Marín (País Valenciano, DC), Julio Rodríguez López (Madrid, DC), Isabel Vázquez Mijares (Asturias, DC), Juan Manuel Yuste Montiel, Paloma Álvarez (Madrid), Democracia Cívica: www.democraciacivica.org
La izquierda y los movimientos
sociales
Todos los
analistas políticos coinciden en apreciar que el éxito de los nuevos
movimientos sociales y de las ONG’s se está basando en el rechazo de la
mayoría de los jóvenes a la militancia política tradicional. Y en su
desconfianza hacia el supuesto papel transformador de los partidos de
izquierdas; a los que ven como organizaciones cuasi-conspirativas, válidas para
trepar y medrar, pero no para cambiar la sociedad.
La fuerza
de las ONG’s actuales, herederas de la tradición caritativa cristiana y
de la filantropía liberal, se debe por tanto a la incapacidad de la izquierda
para mostrar el camino de lo político como algo factible y eficaz.
¿Qué es
lo que ofrece la izquierda al movimiento social? Hasta ahora sólo palabras como
controlar, dirigir, descabezar... forman parte del lenguaje de los partidos
cuando se refieren a las organizaciones más o menos volátiles, pero siempre
pegadas a la base, de estudiantes, mujeres, consumidores, vecinos, padres y
madres de alumnos, ciudadanos descontentos, etcétera. Y cuando se ha intentado
algo, siempre ha ido dirigido a instaurar clones estériles de los partidos; que
tenían un inmediato eco mediático e institucional descalificador, por su falta
de autonomía. Los militantes de izquierda que sinceramente hemos participado en
los movimientos sociales, hemos notado suspicacias posiblemente legítimas a la
vista de esta situación.
¿Quién ha
provocado el divorcio, el movimiento social o una izquierda enferma y debilitada?
La respuesta, como en todos los divorcios, es compleja. Internamente, la
izquierda está viviendo un periodo de vaciamiento de ideas y propuestas. Una
auténtica esterilización ideológica que ha arrastrado a su vida orgánica,
derivándose de esto (en el caso del partido mayoritario, el socialista) que sus
agrupaciones, sus casas del pueblo, no sean ya centros de debates y de
discusiones, sino casi exclusivamente lugares de enfrentamiento entre
“familias”, “clanes” y “sensibilidades”,
cuyos ejes de confrontación más que en lo ideológico están en las cuotas de
poder a alcanzar. ¿Cómo lo político no va a oponerse a lo social, desde esta
realidad?
Lógicamente,
los movimientos sociales se han convertido en la vanguardia ciudadana que no
encuentra cauce en los partidos. En los que sólo ven estructuras rígidas y
caducas, sin capacidad para dar respuesta a sus aspiraciones cotidianas. Los
movimientos buscan objetivos de cambios progresistas sin necesidad de
revestirlos ideológicamente.
Si hay un
discurso común en los Movimientos Sociales, éste es el rechazo del
individualismo como filosofía de vida; y el sublevarse contra la pérdida de los
referentes, principios y valores. Y si rechazan el individualismo es
precisamente porque la teoría del “sálvese quien pueda” existe, y
la pasividad actual es una fuerza poderosa de disgregación social.
El
mensaje de fondo de los Movimientos Sociales es profundamente político, y
opuesto de raíz a las políticas neoliberales que nos llevan a una sociedad
escindida. Envían en la práctica el mensaje que la izquierda quiere dar, pero
que no sabe transmitir a los ciudadanos. Con un lenguaje nuevo que hasta ahora
la izquierda no ha sabido escuchar. Y no sabe porque sus partidos actúan como
meros aparatos electorales, sin capacidad para generar ilusión ni para
vertebrar las ansias de participar en la “cosa pública”.
Por eso
es fundamental rescatar el sentido originario que tiene el partido, como punta
de lanza transformadora, para el socialismo democrático. Tenemos que reorientar
a los partidos de izquierda para que sean instrumentos de participación
política. Para que no traten de controlarlo todo sino que, al contrario, sirvan
de estímulo y aglutinante. Para que los movimientos sociales encuentren en
ellos una herramienta con la cual conseguir en el campo político lo que en el
social intentan solucionar.
Es decir,
unos partidos que escuchen y aprendan de la base social. Sólo así se podrá
construir una sociedad en progreso, más humana y solidaria, cuyos valores no
estén basados en el simple crecimiento económico especulativo, sino en el
equilibrio social y en la redistribución justa de la riqueza.
Se trata,
por tanto, de no aceptar la falsa dicotomía entre el paliar y el cambiar. Si
renunciamos a un cambio social profundo, si consentimos que el Estado decline
su responsabilidad y la cargue sobre el voluntarismo del movimiento social, si
aceptamos una sociedad caminando hacia la disgregación en lugar de hacia el
equilibrio, el voluntariado se parecerá cada vez más a la caridad. E irá
perdiendo su tremenda fuerza transformadora.
Si al
mismo tiempo los que seguimos defendiendo una izquierda activa y renovada
renunciamos a escuchar el mensaje que nos viene de las ONG’s, estaremos
cerrando la puerta a una juventud que tiene muy claro que no puede renunciar a
actuar localmente para pensar globalmente. Y que defiende conceptos
tradicionales de esa izquierda como la movilización en defensa de los derechos
humanos, la ecología, la igualdad entre sexos, una revolución
científico-técnica de dimensión humana, etcétera.
El futuro
próximo de los partidos de izquierda debe traer consigo un cambio en los ejes
de sus relaciones con los Movimientos Sociales. Fortaleciendo un potencial que
no ha de perderse: el de las propias bases de esa izquierda, proclives a actuar
como dinamizadoras de nuestra sociedad. Si este potencial queda reducido a la
lógica de las cuotas de poder, el resultado será una regresión aún mayor de
todo cuanto significa la izquierda de este país.
Se
logrará un avance social y político para toda la izquierda si aprendemos una
lección importante: que hay que escuchar. Escuchar, sobre todo, lo que nos
llega de los Movimientos Sociales. Y al mismo tiempo dialogar con ellos con un
lenguaje claro y unívoco, de igual a igual. Porque un socialismo que escucha
puede llegar a ser de nuevo una fuerza imparable.