¿Invasores en cayucos?

 

Han venido arribando a la misma playa en que se tuestan al sol los que hacen dinero explotando a los adelantados de esas tierras desoladas

 

Fernando Ruiz Cerrato

 

Se podría decir sin género de dudas que África es el crisol de donde surgió la raza humana. El homo habilis, precursor del homo erectus y del homo sapiens, vivió en las sabanas africanas, concretamente en Tanzania, desde hace más de dos millones de años. Una de las características más destacables de los homo erectus es que fueron los primeros homínidos que abandonaron las tierras cálidas africanas para expandirse por amplias zonas de Eurasia, probablemente en diversas y repetidas oleadas.

 

En su progresión, el homo erectus colonizó numerosos territorios, como muestran cuantiosos restos hallados en Europa y Asia. Probablemente por adaptarse a climas más fríos, los homo erectus dominaron el uso del fuego, un acontecimiento importantísimo tanto para su expansión como para su vida social.

 

Muchos siglos después, cuando el hombre, de manera vertiginosa, ha logrado en el último cabo de la inmensa noche de los tiempos un progreso jamás conocido, gentíos provenientes de esas tierras de África (del oeste principalmente, Senegal, Malí, Sierra Leona, Guinea-Bisau o Burkina Faso) llegan de nuevo a Europa en oleadas. Como hicieran sus ancestros, aunque a diferencia de entonces los que se apretujan hoy en frágiles cayucos ya no dominan el fuego.

 

Un tal Fernando Sánchez Dragó, antiguo alumno del Pilar, “comunista, ateo rabioso y blasfemo recalcitrante” en sus tiempos universitarios, alineado desde hace ya tiempo en la derecha más extrema y dedicado con entusiasmo a defender tesis xenófobas desde las plataformas de medios tan objetivos y democráticos como el diario “El Mundo”, la revista “Época”, la emisora de los obispos Cope o la cadena de Esperanza Aguirre Telemadrid, el tal Sánchez Dragó, como digo, escribió recientemente en el periódico de Ramírez un artículo en el que califica a los excluidos que logran llegar, exhaustos, a las costas españolas de “invasores, delincuentes y okupas”.

 

Y a los que tratamos de comprender y ayudar a los que huyen del hambre y de la miseria nos reduce a portavoces del “malvado buenismo imperante entre los progres”, que integran una “izquierda zapaterista que es el caballo de Troya del neofascismo que está al caer”. Ahí queda eso.

 

Este sujeto es uno de tantos —y ya preocupa el número creciente de ellos— que a sabiendas rechaza la certeza, por odiosa conveniencia habitual en los rentistas del progreso común, de que si no hubiese sido por la llegada a España de más de tres millones de inmigrantes en los últimos diez años nuestra economía podría haber experimentado una sensible disminución. Es decir, sin el aporte de los inmigrantes el Producto Interior Bruto (PIB) habría bajado en un 0,6%, en lugar de mostrar un crecimiento del 2,6%, tal y como subrayan investigaciones realizadas por la Caixa de Catalunya y la Universidad Autónoma de Barcelona.

 

Sujetos del jaez del nombrado más arriba ignoran adrede que teniendo nuestro país una de las más bajas tasas de natalidad mundiales —el descenso se viene produciendo desde hace treinta años—, en los últimos tiempos, gracias a la inmigración, el número de habitantes de España ha pasado de 31 millones a 43. Muy al contrario que por el “efecto llamada” achacado a la regularización de unos 700.000 inmigrantes (realizada por el Gobierno socialista y que tanto reprocha la derecha de la caverna), la inmigración que llega a las costas españolas, dejando al margen otros factores que la impelen, se produce precisamente por el crecimiento del empleo existente.

 

Reafirmando este hecho, el Instituto de Estudios Autonómicos catalán ha anunciado que el mercado laboral español necesitará incorporar alrededor de cuatro millones de inmigrantes hasta el 2020 para cubrir la demanda de trabajo. Éste es el verdadero efecto llamada, señores demagogos. Y sus teorías, distinguidos asalariados de la involución, están asentadas en la mentira permanente.

 

El sector que representan, abanico amplio entre el rezo y la espada, ve (como nosotros) el cúmulo de imágenes demoledoras de viajeros de otro mundo que arriban a la misma playa en que se tuestan al sol algunos de los que hacen dinero explotando a los adelantados de esas tierras desoladas. Y en vez de contribuir a atender esta grave contingencia, crean en el a veces interesadamente ingenuo sentir colectivo una atmósfera de Apocalipsis.

 

O lo que es igual, según comenta el escritor gallego Manuel Rivas, engendran el problema de hacer creer que la inmigración es un problema para España. Efectivamente, esos inmigrantes que llegan a las playas son los emisarios de un gran problema que sólo se puede atemperar por medio de una decisión de solidaridad universal del Occidente opulento. Porque la playa, para estos semejantes, no es un lugar placentero. Aunque sea la misma playa de chiringuitos y bañadores de Armani.

 

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