Mitin execrable
Fernando Ruiz Cerrato
Lo que se venía temiendo, ocurrió. La jornada que ponía fin a una intolerable campaña electoral de cuatro años (y que debiera haber transcurrido, al fin, entre la vistosidad de los símbolos partidarios y la expectación de la mayor parte de la ciudadanía ante la cita en las urnas) se tiño de sangre y se vistió de luto.
La banda etarra volvió a utilizar la pistola como micrófono para proclamar su perorata de muerte en su habitual mitin de duelo. Marcando una vez más las agendas de partidos políticos, de organizaciones y colectivos, de medios de comunicación y de la sociedad civil, obligados a modificar sus previsiones por el asesinato de Isaías Carrasco, ex concejal socialista de Mondragón, trabajador y sindicalista de la UGT.
La gran mayoría de personas que habitan este país eviscerado se estremeció por la vuelta al tiro en la nuca. Pero no todos.
Sin duda no experimentó ningún temblor la alimaña que disparó cinco veces a Isaías hasta acabar con su vida. Ni los hampones que le señalaron como fácil objetivo. Como de ninguna manera llegaría a perturbarse la chusma que con regularidad proporciona cobertura a las acciones de estos bastardos, y que las jalea con el aullido de “¡ETA, mátalos!”.
Tampoco el abatimiento envolvió a la turbamulta que en la jornada de reflexión se agolpó en Colón, entre tufos de Chanel, para instrumentalizar la muerte de un inocente. Convocada por unos llamados defensores del orden patrio; a los que nada importó el dolor de una familia que les era absolutamente ajena con tal de predisponer a la ciudadanía.
Igual que lo han venido haciendo hasta el último instante de la anterior legislatura. Esta clase de gente también es chusma. Eso sí, de relumbrón, pero chusma.