Fragmentos de irritación

 

Malas caras y ceños fruncidos vienen siendo más que habituales en el semblante de la gente, así como intransigencias y peloteras que se originan a las mínimas de cambio

 

FERNANDO RUIZ CERRATO

 

En una de las mañanas en que me dirigía a tomar el transporte público para acudir a mi trabajo presencié una escena que puede definir fielmente la fase de crispación a la que nos han conducido ciertas actitudes y comportamientos a los que más adelante me referiré.

 

Sin venir a cuento —o aunque supuestamente guardara en su caletre alguna vieja pendencia, no era el lugar ni el momento para actuar así— y desde varios metros de distancia un sujeto increpó a voz en grito a un hombre que aguardaba pacientemente bajo la marquesina la llegada del autobús, advirtiéndole: “Cualquier día de estos tú y yo nos vamos a liar a tortas”. Nadie de los presentes atinó a descifrar las razones para tal conducta; lo cierto es que el advertido balbució apenas una frase seguida de un temeroso silencio.

 

No hace mucho me disponía a tomar el ascensor en un edificio público cuando, una vez en el interior del elevador y en un rasgo de amabilidad, pregunté a una dama entrada en años a qué planta se dirigía, para pulsar el botón correspondiente. Hete aquí que la buena señora me quita la mano del botón de manera expeditiva y me dice, ante mi pasmo, que ella es muy suya para tocar el sensor de su planta.

 

Días después, en un intento de contribución civilizada por mi parte, avisé a un automovilista por medio de gestos con mi mano de que llevaba las luces de su coche encendidas en un radiante mediodía. El tipo bajó la ventanilla al pasar junto a mí y me soltó abruptamente algo así como “¡Y a ti qué te pasa!”.

 

Hasta aquí lo relatado no parece tener importancia. Es más, se podría asegurar que esta clase de incidentes es consustancial a una gran ciudad como Madrid; que, al igual que sucede en otras capitales del mundo de numerosa y heterogénea población, paga su irremediable cuota de malos modos e incivilidad por causa del estrés y la vida minutada.

 

Pero no. Malas caras y ceños fruncidos vienen siendo más que habituales en el semblante de la gente, así como intransigencias y peloteras que se originan a las mínimas de cambio. Sin duda, un mal día lo tiene cualquiera, pero hay quien madruga con los pantalones a cuadros por sistema. Y eso se debe a algo más que a ocasionales molestias de estómago. No trato de centrar en mis peripecias el contenido de este artículo. Mas, por último, he de referir otra circunstancia que me afectó directamente y que, creo, viene a definir una determinada situación pública.

 

Aguardaba una mañana de sábado la cola para comprar el pan y llevaba, como tantos, el periódico abierto leyendo los titulares cuando proveniente de mi lado izquierdo escuché el término “hijoputa”, dicho entre dientes, con sequedad, sin más añadidos y dirigido al éter, es decir, a nadie en concreto. Miré hacia el lado de donde provenía el escueto pero cortante silabeo-susurro y reparé en un sujeto que junto a mí esperaba su turno portando el diario “El Mundo” plegado bajo su brazo. Un individuo de mueca ceñuda y con la mirada perdida en un punto indeterminado.

 

Coincidía que esa mañana el periódico “El País” —que era el rotativo que en ese momento yo leía— mencionaba a cinco columnas el boicot del Partido Popular al Grupo Prisa por unas declaraciones de Jesús de Polanco. Ni que decir tiene lo que comentaría el periódico del amigo de Exuperancia Rapú respecto a las palabras del extinto presidente del citado grupo de comunicación (“Es muy difícil ser neutral cuando hay quien desea la vuelta a la guerra civil”, dijo). Todo lo cual le hacía revolver las bilis al prójimo en cuestión.

 

Jamás sabré, por otra parte, si el exabrupto del tipo de la panadería iba dirigido a mí por leer un periódico que no le gustaba o se dirigía a Polanco, a Zapatero o al mismísimo Pablo Iglesias. Lo cierto es que comportamientos de gente común como los descritos obedecen sin ningún género de duda a la crispación que a lo largo de los últimos tres años vienen practicando los líderes más señalados del PP; sustentados en los voceros habituales de gran parte de los medios de comunicación y de ciertos colectivos, con la santificación de la Santa Madre Iglesia.

 

Una forma de hacer política por medio de la mentira, el insulto y la utilización bastarda de las instituciones que está produciendo de manera transversal —pues el arrebato alcanza tanto a las gentes de derecha como de izquierda; por distintos motivos, claro— una ya seria perturbación en la convivencia entre españoles, vertiente tradicionalmente frecuentada por la derecha cuando no ostenta el poder. Unas maneras éstas —las de los hijos de la FAES— de entender España equiparables al maltratador respecto a su compañera: o mía o de nadie.

 

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