Gravemente peligrosa

 

Fueron sin duda la enseñanza y las costumbres dos ejes sobre los que pivotó de manera inclemente la acción represora de la Iglesia católica

 

FERNANDO RUIZ CERRATO

 

Son tiempos de recuerdo y de celebración de efemérides por muchos y diversos hechos acaecidos a lo largo de los años en la reciente historia de España; unos dramáticos, algunos tan sólo tristes y otros dichosos. Especialmente desde el pasado 2006, en que tuvieron lugar dos onomásticas de unos acontecimientos que marcaron de manera indeleble la vida de millones de españoles y la propia historia de nuestro país —los 75 años transcurridos desde la proclamación de la II República Española y el 75º aniversario del comienzo de la Guerra Civil—, se suceden los cumplimientos de fechas que de una u otra forma han venido señalando para bien o para mal el devenir del pueblo español.

 

Entre las celebraciones venturosas corresponde señalar el 1 de diciembre como la fecha en que se cumplieron treinta años de la feliz desaparición de la censura en nuestro país. Aquella censura auspiciada por el régimen franquista con el fin de evitar la contaminación de un pueblo liberado a sangre y fuego de la perniciosa ideología de socialistas, comunistas y masones, que establecía un férreo control sobre la prensa y toda clase de manifestaciones artísticas, exagerando la vigilancia de las costumbres hasta extremos en que el habla soez y la suelta de tacos, tan propia de la idiosincrasia nativa, fuera blanco de importantes correctivos.

 

Aquella censura, como digo, tuvo su más excelso valedor, su más severo guardián, en la Iglesia católica. El amancebamiento de prelados, curas, diáconos y sacristanes con el régimen aniquilador de Francisco Franco fue tan intenso, duradero y fructífero que hizo de España uno de los más deplorables ejemplos de regresión conocidos.

 

La influencia de la Iglesia católica germinó a partir de los primeros días de la victoriosa venganza, en ocasiones a través de decisiones que contribuyeron a crear situaciones estrambóticas, como la de dejar sin efecto las separaciones legales obtenidas por medio del divorcio y anulando todas las uniones civiles contraídas, lo que ocasionó que muchas parejas volvieran a estar casadas tras largos años de separación y una vez hubieran rehecho sus vidas con otra persona.

 

Fueron sin duda la enseñanza y las costumbres dos ejes sobre los que pivotó de manera inclemente la acción represora de la Iglesia católica. Una vez purgados los maestros, por constituir la escuela uno de los pilares en los que se asentó el ideario de la República, la Iglesia marcó el aprendizaje escolar de muchos españoles como el periodo más sombrío de sus vidas.

 

En cuanto a las costumbres, su celo fue extremado, llegándose a condenar incluso el baile por inmoral, concediéndole expresamente una pastoral el fundamentalista e intransigente cardenal Segura en la que calificaba el baile como “gavilla de demonios y estrago de la inocencia”. De igual manera los prelados advertían en los días del estío sobre las manifestaciones de afecto en lugares públicos, así como constituyó una verdadera obsesión para los representantes del clero el hecho de que hombres y mujeres coincidieran en las playas en paños menores y en alegre contubernio. No está tan lejos, en cuanto a la manifestación de sobria desnudez, la separación de hombres y mujeres en las piscinas, expresamente en las controladas por las Hermandades del Trabajo.

 

El cine constituyó sin duda un objeto de deseo permanente para los censores, que hicieron estragos hasta extremos ridículos, con miles de rollos de película cortados a tijeretazo limpio, cambiando desenlaces inadecuados por finales moralizantes.

 

La Iglesia y el “enviado de Dios hecho Caudillo” anatematizaron multitud de filmes, algunos tan inmorales como “Lo que el viento se llevó”, calificado así por una escena en la que la protagonista se despertaba con una sonrisa en boca tras su noche de bodas. Y en otras ocasiones, como en la película de John Ford “Mogambo”, en la que los avispados censores convirtieron en incesto lo que se trataba de una simple infidelidad, con lo cual los espectadores no entendían muy bien cómo dos hermanos se besaban apasionadamente en la boca. O aquella escena de “La huida” en que se consideró una ofensa a la Guardia Civil el hecho de tan sólo herir a un prófugo, porque “la Benemérita nunca falla”.

 

O cómo se obligó a modificar el final de “Viridiana”, cambiando Buñuel una pueril escena de alcoba por una aparentemente inocente partida de cartas que contenía evidentes lecturas de ménage a trois. Lo mismo en “Casablanca”, “Gilda”, “El verdugo” y tantas otras que merecían en la calificación moral de espectáculos un aparatoso “gravemente peligrosa”, cuando en verdad el verdadero peligro residía en la propia Iglesia católica.

 

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